viernes, 28 de septiembre de 2007

Mandy, o el amor en tijeras



Lo que sigue fue escrito para impresionar a Mandy. Una vez terminado, se lo llevé, pero ella ya no estaba. No estaba.

Todo comenzó una mañana de verano, merecería haber sido seis de enero, es cierto, pero esto es sólo un detalle y yo soy así. Siempre había pasado de largo y ese día entré por primera vez a una de esas peluquerías del centro de la ciudad, quizá seducido por la promoción del pago al contado que anunciaba el cartel en la entrada, y ciertamente el corte resultó efectivo. Lo que terminó en cuotas muy inexorables, abonadas con puntual satisfacción, fue mi entrega total a Mandy, el gran amor que mi existencia apenas presentía.
Yo no sospechaba ni siquiera durante las noches estos salones inmensos donde una multitud brinda esmero a otra que se deja esmerar plácida, confiada. Con andar pausado bajé una escalera intimidatoria, cada peldaño me acurrucaba un rubor y a cada paso yo esperaba escuchar de un momento a otro el consabido, eh, miren, miren, ya se puso colorado. Pero no lo escuché y ya casi a punto de emprender la retirada, una señorita salió a mi encuentro, reteniéndome, apresándome, salvándome la vida. Ella era bastante bonita, como se descuenta deben ser las niñas que cumplen esta atrapante función, mas en su fisonomía asomaba algo extraño e inquietante, no sé, tal vez su sonrisa instalada por el reglamento interno de la casa, o su belleza que pugnaba por esconder el aburrimiento originado en la repetición de los gestos amables, ejecutados hasta el cansancio, día tras día, cada minuto de todas las horas. No sé, la cuestión es que ella me entregó un papel en el que había anotado mi nombre debutante y ahí nomás pasé al recinto donde varios cortadores, chicas y muchachos, ejercían su oficio. Con el tiempo advertí también la presencia de peinadores y manicuras, depiladoras y masajistas, todos ajetreando ese laberíntico panal subterráneo.
Estaba yo allí y durante un buen rato no hice otra cosa que desear estar en otro lado, cualquier lado lejos o aunque sea a la vuelta, o en avión o en barco o caminando pero irme de allí. Hasta que en un momento sentí que algo iba a pasar y me gustó sentir eso, alguna vez tenía que sentirlo. Una vez decidido a no despegar, amenicé la espera escondiéndome detrás de una revista, cuando me di cuenta la enderecé y justo en ese momento, al elevar la mirada para ver si alguien me había visto, la vi. A decir verdad no la vi en forma directa, sino reflejada en un gran espejo que en ese momento de mágico ensueño la mostraba solamente a ella, en todo su esplendor. Luego busqué mi imagen en ese mismo cristal y cuando con dificultad la encontré, lo que reconocí brillando en las pupilas dilatadas por la conmoción no era otra cosa que el amor, así nomás de sencillo. Profundamente sencillo. Entonces tomé una decisión, cambié de lugar, me senté dos sillas más lejos de ella, que se sorprendería ante la inesperada maniobra, pensé, y creo que hasta sonreí.
Una de las chicas se acercó al fin, yo ya había transpirado lo suficiente y tardé unos instantes en reaccionar, muchos instantes a juzgar por lo que recuerdo de la cara de la que se había acercado y preguntado si me atendía, y cuando en algún momento desperté de mi ensoñación, rechacé su propuesta con palabras cordiales, dispuesto a trasnochar el turno con la otra, la diosa, aunque durara mil años la espera. De inmediato mi mente comenzó a elaborar el plan genial para la conquista inevitable. Había observado a los dos que me antecedieron en la atención de la predestinada, ellos se mostraron simpáticos y locuaces, a lo que ella contestaba con sonrisa ampliada por el trato afectuoso. Analicemos la situación, me dije. Mandy, que así resultó llamarse, actuaba de esa manera por el mero hecho de no desairarlos, en una actitud a todas luces profesional, según mi segura deducción. Conmigo las cosas iban a ser muy diferentes y ella aún no lo sabía, pobre.
El camino a recorrer debía ser el opuesto al de los demás, sobre eso no tenía ni dudas, pues mi amor era el único de verdad sincero e incontaminado, enfrentado, eso sí, a los impulsados por la sola atracción de la carne. Ya en esa primera oportunidad, ella se acercó y me dijo por favor, tome asiento aquí, si quiere hago subir el aire. A punto estuve de mirarla y lo hice, me senté, claro, enseguida y donde ella me había indicado y casi sin tropezarme con nada. Luego la ayudé a juntar las cosas que ella en persona se encargó de volver a acomodar en su sitio, y ya con el correr de los minutos me manifesté parco en extremo, apenas las instrucciones mínimas e imprescindibles para el corte deseado. Eso sí, adopté un aire de persona inteligente y preocupada, con ligeros toques de misterio, como desinteresado del entorno, sobre todo de la presencia perturbadora de Mandy, acariciando mis cabellos que parecían evaporarse al influjo de su arte.
El plan maquinado se podría resumir así: actuando yo en forma distinta al resto, plebe buscadora de sexo efímero y sin compromiso, ella no podría dejar de observar la diferencia. No podría. Y entonces yo, fuese a la hora que fuese, minuto más minuto menos, con estilo sobrio y mesurado, despojado de las mezquindades más arraigadas de la masculinidad, la atraparía con mis encantos para llevarla al altar, sin duda alguna.
En esa jornada de sol nació una devoción sin claudicaciones. Del sol me di cuenta al salir después a la calle con mi pelo recién cortado y con mis patillas parejas y con mi paraguas a cuestas, y ya no dejé de frecuentar ese palacio largo y ensortijado donde Mandy reinaba por su hermosura, rodeada de princesas y cortesanos. Muy rodeada, pero eso qué me importaba. Nada.
Con el volar de los días fui reteniendo en la memoria el rostro de los rivales para odiarlos luego a la distancia saboreando mi evidente supremacía. A veces sentía una pena muy honda por ellos, pero yo debía ser fuerte y odiarlos cada día más y más con todo el poder de mi alma enamorada. Había sobre todo cuatro o cinco o tal vez seis que aparentaban ser los más amenazantes, qué rostros tan de identikit tenían los muy numerosos merodeadores, y además yo sabía que por la astucia maliciosa exhibida sin pudores por aquí y por allá, muy bien podrían llegar a engañar a mi amada inocente y virginal, aunque yo confiaba sin reservas en el juicio final de Mandy.
Yo los escuchaba y los veía actuar sin que se me moviera un pelo. Mis enemigos se caracterizaban por imponer cortes sofisticados, antojadizos y ridículos, así como también por las generosas propinas depositadas en las manos de mi agraciada, que las recibía fingiendo mohines de ternura. Por mi parte, nada que ver, amén de la sequedad en el trato, me diferencié de ellos por la sencillez de mis requerimientos, siempre los mismos. Mis monedas, en lugar de recompensa recordaban una limosna, y a veces ni eso. Esto sería determinante para sobresalir entre los adversarios, todos iguales y sin rasgos de distinción, como cortados por la misma tijera.
No todo fue fácil, no hay rosas sin espinas ni espina que no se me clave. A pesar de conocer la verdad de su ferviente admiración hacia mí, no podía dejar de sentir cierta molestia, celos diría tal vez un observador imparcial, mientras ella engañaba a los otros en medio de comentarios y risas y alguna que otra caricia que eran puntazos en mi costado enamorado. Pero la certeza abrigaba mi anhelo, a pesar de las nefastas apariencias, ella era toda mía, sin contras.
En la vigésima octava visita al santuario casi lloro de alegría cuando Mandy me reconoció casi de entrada y dijo, aunque dudando un poco, mi nombre. A continuación preguntó si me cortaría como siempre, uy uy uy, entonces mi corazón estalló en una emoción apenas contenida, mordí los labios empalideciendo; en la exaltación de ese instante supremo casi eché a perder el plan para la conquista llevado a la práctica hasta ese momento con magistral paciencia. La novedad me colmó de euforia y si no salté fue porque no salté y al salir estuve tentado, yo que jamás juego a nada, de apostar a la quiniela al número marcado por ella ese día en mi memoria. De todas formas no hubiera ganado ya que el dinero y el amor van por senderos distintos, esto es cosa sabida y comprobada.
Cierto es que el tiempo transcurría cada 24 horas y los progresos no eran palpables, pero mis pulsaciones certificaban que en el interior encandilado de Mandy se libraba una lucha sin cuartel entre su corazón flechado por tan digno caballero y el recato que las circunstancias imponían. Al final del camino, antes del infarto, acabaría por sucumbir ante mí, entregándose sin condiciones ni reparos ni vergüenza. Sólo una mente extraviada por extraños senderos podría ser capaz de latir diferente.
Si bien el amor profesado a Mandy se asentaba sobre bases sólidas, espirituales en su esencia, debo reconocer ante el mundo que además su físico era apetecible. Muy. Yo no podía ser la excepción y así sustraerme a ese llamado sensual y placentero que emanaba de cada poro de su cuerpo, ay su cuerpo, su cuerpo que brillaba con luz propia en el salón, ya convertido en mi hogar.
La ciudad empuñaba odios y la anhelada posesión no se concretaba y no se concretaba. Por suerte para mis nervios, yo no tenía ningún inconveniente cuando me masturbaba de manera plácida y regular, artesanalmente. Era ir gozando a cuenta de futuros, más fecundos placeres. Aquí aparece de nuevo el asunto de las rosas y las espinas. El único problema era la envidia que esto generaba entre mis compañeros de la oficina, estériles e impotentes de vivir un amor así. No sé cómo lo advertían pero acertaban siempre en las observaciones de mis viajes al rincón del deleite solitario; tal vez algún gesto mínimo traicionaba mi brazo ante sus miradas suspicaces, cuando me paraba. De todas maneras, debo decir algo a favor de ellos: a pesar del comprensible sentimiento de inferioridad, no dudaban en alentarme a viva voz cada vez que me levantaba del escritorio para dirigirme al lugar destinado de común acuerdo para mi uso privado y exclusivo. Eso sí, la hinchada fervorosa trataba, sugiriendo nombres exóticos, de que mi mano se deslizara traicionando a Mandy. Eso jamás, pensaba mientras los dejaba desconcertados, meta gritar y gritar. Nunca lo consiguieron, lo juro, que me corten la mano si miento, y a través de los gritos me mantuve fiel a su imagen venerada. Al regresar a mi puesto solían brotar cálidos y para nada tímidos aplausos entre la concurrencia mientras el jefe inclinaba la cabeza balanceando un no.
Un día, en la peregrinación número ciento cinco, sin prevenir las consecuencias, quise anticipar los acontecimientos. Yo soy así. Esa vez sugerí ligeros cambios en la rutina del corte ya repetido hasta el hartazgo. Esto debió sorprenderla sobremanera, excitándola, prendiendo fuego bajo su uniforme, pero supo contenerse y aceptó las nuevas disposiciones con ánimo sumiso y gentil, respetando mi silencio apenas salpicado de comentarios casuales acerca del clima u otra circunstancia del momento. Una vez, ahora lo recuerdo, quise hablar de los signos y le pregunté de qué signo era. Creo que no me escuchó, tan concentrada en su labor. Los dos sentíamos lo mismo, las palabras sobraban entre nosotros, nos comunicábamos en una esfera superior, más etérea y perdurable. Altísima.
Pero como no era cuestión de quedarme de brazos cruzados, puse en práctica una sutil estratagema. Una tarde, me parece que de primavera, como al descuido dejé caer en la alfombra un papel con el número de teléfono de la oficina y el horario en que me podía encontrar. A partir de ese día me sobresaltaba al sonar la campanilla, el aparato resbalaba por mi mano hasta que otra voz requería una carpeta o se inquietaba por una duda o me reprochaba un atraso o impartía alguna orden. A veces, sólo a veces, algunas carcajadas a mis espaldas me hacían suponer un error. Pero la treta dio sus frutos cuando sonó un viernes a las seis de la tarde y yo estaba en la fotocopiadora, entonces me precipité desarmando en el aire el juego de hojas, atendí y del otro lado sólo hubo prudencia. Yo desaforé el nombre de mis sueños imaginando su rostro y su timidez. Clic. Junté las hojas pensando en ella, las ordené y revisé que no faltara ninguna. Luego fui haciendo con cada una un bollo, y a la basura y a hacer todo de nuevo, de bronca. A los pocos meses lo mismo. Y después creo que ya no llamó nunca más... o a lo mejor yo justo no estaba.
Era un ritual, al promediar el idilio tijeras mediante, una muchacha se acercaba despacito despacito con un café y la pregunta se repetía como una fórmula a la que yo respondía cada vez: “dulce, por favor, sí, sí, muchas gracias”, y entonces la muchacha, no siempre la misma, se distraía mirándonos alternadamente con una sonrisa en los labios y se dedicaba a imponer dulzura cucharada tras cucharada hasta que yo la hacía reaccionar diciéndole, “está bien, ya está bien de azúcar, gracias señorita”, y todo esto ocurría mientras Mandy esbozaba el gesto reprobatorio tan característico en aquél que no desea ser sorprendido en su enamoramiento. Luego la del café se alejaba avergonzada y nuestro silencio era un remanso entre las conversaciones vanas de los de alrededor. Y entonces como desde el fondo de una galería se oían las risitas breves y entrecortadas. Alguna vez, un comentario: “Y Mandy, parece que tenés para largo con el señor”. No había caso, todos en el lugar complotaban para nuestra felicidad.
En una ocasión de triste recuerdo, mientras aguardaba ser seducido por las sabias y mágicas manos, percibí cómo el tono de su voz, tan tenue de común, iba aumentando al calor de una discusión entablada entre ella y el que, ya lo suponía yo desde años atrás, casi desde el principio, resultó ser mi rival más peligroso. Se le notaban con claridad las intenciones mezquinas dibujadas en el rostro plasmado de lujuria; era joven, alto y rubio, los ojos claros y la piel bronceada sobre el cuerpo bien trabajado; en suma, era dueño de una buena pinta el atorrante. Decía que los oí discutir y me levanté casi y estuve a un peine de intervenir, pero un vistazo de la diosa suplicante me retuvo en mi sitio, desgarrado por la bronca y el dolor, con una puntada justo acá. Con seguridad, el desafortunado aprendiz de galán había reaccionado de malos modos al notar el cálido mirar de ella dirigiéndose a mí en su casta entrega. Cuando llegó mi turno, Mandy cumplió con la ceremonia acostumbrada, hipando todavía, conmocionada a raíz de la tremenda prueba soportada por culpa de su callado amor, acaecida delante de colegas extrañados ante la penosa e inesperada escena. Seguramente ellos eran guardianes del secreto albergado en el corazón de la mujer que, con la tijera en las manos dándole todo el poder, me había hecho suyo para siempre, hasta el fin de los tiempos.
Después de un período bastante prolongado durante el cual no me animé siquiera a preguntar por ella, tal era mi temor a perderla, Mandy retomó su habitual puesto de mando, bella como solía serlo, pero algo más pálida y delgada. Le ofrecí, como prueba de la grandeza de mi idolatría, mi discreción de siempre y un racimo de cabellos estirados por el abandono seguramente involuntario al que ella lo había sometido en esos demasiados aciagos días sin caricias. Hasta llegué a pensar esa vez en regalarle un ramo de flores. Faltó muy poco... casi nada... un pétalo.
Mandy permanecía las cuarenta y ocho horas en mi cabeza atormentada, así, con fiebre, sin aspirinas que pudieran aliviarla. Durante el día, mientras la oficina daba vueltas a mi alrededor y yo sumaba algo o restaba otra cosa, la imaginaba sorprendiendo por detrás a mis indefensos oponentes, navaja en mano. Justo la yugular. Ellos veían aterrorizados correr la sangre que brotaba a chorros de la única herida, tan única como definitiva. Mandy encarnaba así a la Justicia, agotada de soportar tanta bajeza en los hombres, acosadores, malignos, hambrientos de placer malsano, eso, los hombres. Y por las noches... ¡ah! ... por las noches su imagen dormía a mi lado luego del amor al que nos habíamos sometido mutuamente complacidos. Era inevitable, sobre todo en los veranos, que los gemidos algo estentóreos llamaran la atención de mi madre; ella por el calor y los suspiros no lograba conciliar el sueño, entonces sucedía que mamá entraba con sigilo a la habitación, traía un té de tilo bien calentito, para calmarme, decía. Daba pena en los veranos, mi madre.
Los meses y los años fueron pasando delante de nosotros como incansables quimeras. Las diferentes estaciones variaron los ardores, pero yo persistía en mi rosado deseo, contra viento y espuma.
Aunque me avergüence, debo confesarlo, ya no me masturbaba con la frecuencia arrolladora de los primeros tiempos; a pesar de ello creí oportuno encarar la ofensiva final. Durante los preparativos, quince días impensables, la privé de mi asistencia. Imaginé su sorpresa y entusiasmo, su interminable sonrisa al ver mi engrosada figura entrar para alzarla al fin entre mis brazos ya no tan fuertes. Después, aunque no mucho después, muchas lágrimas correrían como un río desbordado por sus mejillas, todo su ser presa de la pasión, toda su boca lista para recibir los besos del amante. Era hora de recompensarla por tanta silenciosa renuncia. Sí, era hora. Las ocho de la noche y llovía y hacía frío, afuera. Oscurecían de invierno las calles.
La llovizna me daba de pleno en el rostro surcado de las primeras arrugas, las peores tal vez. Había alquilado un frac, en el negocio dijeron que era lo apropiado para la ocasión. Rememoré en esos instantes previos al gran acontecimiento cada gesto, cada mirada, alguna que otra palabra, toda la etapa más gloriosa de mi vida transcurrida junto a Mandy, que con peine y tijera, entre champúes y lociones, se desarrollaba en mi cerebro carcomido por la decisión bien firme, determinada, definitiva.
Me paré frente al local tantas veces transitado recorriendo el camino al éxtasis, encendí un cigarrillo más largo que el tradicional, aprendí a tragar el humo, aspiré hondo el aroma de esa esquina tan mía, musité una promesa llena de sentimiento y comencé a caminar hacia la virgen mientras una brisa agitaba los pocos cabellos que asomaban tímidos en mi ya indisimulable calvicie.
Saludé a nadie en el atrio, descendí por enésima vez las escaleras, todo igual pero distinto, una música celestial enajenaba mis oídos. Entré al templo con los brazos extendidos, los labios resecos, los pasos temblorosos. La recepcionista, como un ángel, se apartó para admirar mi entrada; tal vez advirtió algo en mí, pues sus ojos parecían brillar. Llegué al altar, casi todo formaba el conjunto habitual, creí ver algunas flores, en un costado, allí, junto a sus tijeras. Quise ocupar mi lugar... y caí de rodillas.
Y lloré largamente. Largamente. Largamente.

jueves, 8 de marzo de 2007

Piedras abajo

Cae la llovizna y el hombre, que ya ni repara en ella, apostado en la terraza, con el cuerpo levemente inclinado hacia la derecha, apunta con su arma a uno de los que, abajo, en la calle, no se queda quieto ni un momento y coloca una piedra tras otra. Si al menos se detuviera un instante, si cualquiera de ellos se detuviera un instante, se ilusiona el hombre del arma, que sacude la cabeza para desprenderse de las gotas y que enseguida se pregunta si él entonces tendría el valor o la suerte de disparar. ¿Y si tuviera alguna de esas cosas? ¿Y si además acertara con el tiro justo y derribara a alguno? ¿Qué pasaría entonces? ¿Qué harían los otros? Los otros, sí, los que no ha podido contar de tan iguales y construyen ese empedrado bajo la llovizna que no cesa y el cielo que nunca aclara. Confusamente reconoce no saberlo, el hombre del arma apunta y no acierta con las respuestas, y tampoco sabe, o no lo recuerda ahora, cuando fue que empezó todo, y todo es ese presente en el que los de "la cuadrilla", como él llama al grupo, van colocando una piedra y luego otra y otra más y sin embargo la construcción parece no avanzar, como si cada piedra reemplazara a una anterior y así. Y así. Entonces el hombre en la terraza, que ha pensado todas estas cosas, que ha dejado de apuntar, que ha colocado el arma en el piso, apoyada contra la pared, repite el gesto de sacudir la cabeza, trata de fijar la vista, intenta concentrar su atención y comprender los movimientos de los que están abajo, en la calle, y una vez más no lo logra. Tiene al menos una certeza, y eso lo tranquiliza un poco, los de "la cuadrilla", como él los llama, jamás elevarán la vista para mirarlo, la experiencia de esas jornadas se lo ha enseñado, porque ellos permanecen serios, indiferentes, lo ignoran o quizás simulan ignorarlo, y eso que alguna vez les ha gritado, si hasta los insultó aquella tarde, pero ellos siguieron y siguen reconcentrados en su trabajo diurno. Diurno sí, porque durante las noches. Las noches ahí abajo son otra cosa, pero, se dice, mejor no pensar ahora en lo que será la noche, no justo ahora que la hija ha subido y le ha traído una taza con café o algo que debería parecerse, la hija no debe ni siquiera sospechar lo que son las noches allí abajo. Abajo, el insoportable abajo de las noches, cuando la oscuridad es casi total, apenas casi, porque la luz de la luna, aun con las nubes, le permite entrever lo que pasa en la calle y, pero basta ya de pensar en eso, que la hija le está preguntando algo y él en lugar de contestar le pregunta si ha dormido bien, y también si ha estudiado, y la hija se encoge de hombros y dice para qué, y que mamá ha dicho que le diga matalos, decile a tu papá que los mate, que los mate a todos, que hoy, que eso ha ordenado su madre, y el que hoy vuelve a sonar, implacable, definitivo. Entonces el hombre expulsa un suspiro, mira hacia las otras terrazas, y se da cuenta o acaso apenas intuye que ya no habrá un disparo que lo absuelva, que ya los otros han dejado de apuntar a los de "la cuadrilla", como él los llama, o tal vez quede todavía alguno en algún lugar que él no alcanza a observar, eso podría ser, se esperanza, eso podría ser, se repite, y así quizás podría surgir de alguna otra parte el fogonazo salvador, el movimiento que pusiera en juego una ficha nueva en ese tablero en el que los de abajo ponen piedras en la calle y los de arriba vigilan y apuntan y no hacen fuego y esperan, eso si es que queda alguno, alguno como él, que no se va a dar por vencido, y cuando se da vuelta y quiere decirle algo la hija se ha marchado y la llovizna sigue, entonces agarra la taza y bebe el café, que se ha enfriado, cada gota se ha enfriado en ese invierno que parece no irá a terminar jamás, y el ruido de las piedras abajo sigue. De un trago, o dos, no más, el hombre ha bebido y ya está de nuevo apuntando, o más bien tratando de apuntar a la cabeza de alguno que, hijo de puta, no se queda quieto ni un instante, ni uno, y coloca una piedra y luego otra y él lo tiene en la mira y tal vez un solo tiro bastaría y así las horas pasan y pasan, como piedras.
Ahora es el mediodía, deduce el hombre en la terraza, abajo nada ha cambiado pero ha subido su mujer y le ha traído algo para que coma, es lo que hay, le ha dicho o es lo que él ha creído oír. La mujer se ha quedado algo alejada, no se asoma a la calle y lo mira, y cuando él mueve los labios ella le dice matalos, qué esperás para matarlos, no ves acaso lo que va a pasar si vos no los matás, y cuando el hombre escucha las palabras, antes de que las palabras se terminen, deja de apuntar y apoya el arma a su derecha, contra la pared, y comienza a dejar que el pan se moje en su mano, el pan que le han traído, uno sólo hoy, apenas uno y tan breve, aunque no pregunta nada, y el pan se moja en la lluvia que no cesa, y el hombre le dice a la mujer por qué no me trajiste ropa seca, y la mujer se da media vuelta y se aleja, y ya casi desaparece pero antes le dice te dije que los mataras, y escupe con violencia y dice yo te lo dije y se va. La mujer ya no está y el hombre mira la terraza vacía y casi no la reconoce, tal vez por la bruma que crea la llovizna y que desdibuja todas las cosas. Luego come, despacio, el pan entra mojado en el cuerpo mojado. El cielo sigue igual y la llovizna sigue igual. El hombre termina de masticar sin apuro ese pan que le han traído y ahora le duelen las piernas, por momentos el dolor se le mezcla con el recuerdo del dolor, tal vez el de hace un rato cuando aún no se había dado cuenta que las piernas le dolían, o quizás el de hace unos años, cuando los dolores todavía no se le mezclaban. Trata de olvidar el dolor y se asoma y allí están, las piedras, los hombres y las piedras infinitas, y uno de los hombres se está secando la frente con un trapo, guarda el trapo en el bolsillo y parece que va a mirarlo a él, pero no, se da vuelta apenas un poco y habla con el que está al lado, y el que está al lado sonríe, asiente con la cabeza y no dice nada y se agacha y coloca una piedra, otra piedra.
Es noche ahora y la llovizna sigue. Las piedras están quietas. Las mujeres han llegado y los hombres de "la cuadrilla", como él los llama, comienzan a meterse en ellas, que van pasando de mano en mano, una tras otra, y las mujeres se dejan caer una tras otra, hasta el ruido de la noche es similar a aquel que se escucha durante los días, un ruido seco y duro, y él, allí arriba, empapado en lluvia y sudor, sin descanso posible mientras espera que su mujer o su hija le alcancen algo para comer por favor, y alguna ropa seca. Fuerza la vista y ni siquiera alcanza a distinguir aunque sea una de las caras de las mujeres, que cada vez parecen ser más y más, es así, como si cada noche alguna se sumara, o más de una, las caras se le borronean en la neblina mientras él se sigue mojando arriba y ya hace rato que no apunta, no apunta y oye las risas de los de abajo, que parecen esta noche renovarse y festejar algo, como si a la fiesta hubiera llegado el último invitado. El que permanece arriba sufre con las risas de los hombres que no dejan de moverse y de penetrar en las mujeres y no lo miran nunca.
Ha sido una noche terrible, piensa el hombre, quizás la peor que le ha tocado presenciar, pero en algún impreciso momento advierte que ha terminado, un leve cambio en la luz del amanecer, o tal vez la señal sea el hecho de que las mujeres ya no están en la calle y están las piedras, lo que para el de arriba es casi lo mismo, salvo por las últimas risas y el jadear de los hombres, porque el ruido es siempre igual, un ruido seco y duro, de piedras o de mujeres que se van incrustando, y las piedras se acumulan y sin embargo no hay un avance visible. Y entonces, aunque llueve igual que los otros días y el cielo sigue tan oscuro como siempre y las horas han pasado tan iguales, el hombre se da cuenta de que algo ha cambiado, la hija no ha subido, y no hay café esa mañana y hay más viento, un viento arremolinado que lo hace tiritar. Tendría que disparar, ahora, ¿qué puede pasar?, o a lo mejor convendría esperar, ¿qué podría pasar?, con un solo tiro la pesadilla habrá terminado, se dice, pero no dispara, no dispara y el día transcurre con los minutos cada vez más pesados, y nadie le ha traído ni comida ni ropa seca, y que no importa, se dice el hombre, no importan ni el frío ni el hambre ni el cansancio, ya nada tiene la menor importancia, se dice, él no se va a dar por vencido, jamás, y apenas alguno se quede quieto apretará el gatillo, se dice. Están atrapados, se dice.







Corriendo en gris

Otra vez sale de su casa, se detiene bajo el umbral y enseguida le viene a la memoria aquel primer lunes, porque descubre el mismo cielo nublado de ese día, y también porque por unos instantes su cuerpo le parece nuevamente enorme, y entonces otra vez lo recorre la misma obstinación, una mezcla de entusiasmo y bronca que lo impulsa a no claudicar, a no dejarse acobardar por una simple amenaza de tormenta y a decirse una vez más: dale, salí, salí y corré. Y entonces sale, vuelve a cruzar la calle como siempre en la esquina de su casa y encara derecho hacia el parque, cinco cuadras al trotecito, como para ir entrando en calor, como para que el cuerpo se vaya adaptando a lo que luego él le va a exigir, porque ahora que han pasado muchos lunes puede exigirlo y ése es su mayor orgullo, piensa. Y mientras recorre el comienzo de esas cinco cuadras al trotecito, como para ir entrando en calor, piensa que el primer lunes la cosa había sido bien distinta, que la determinación sí era la misma, pero las cinco cuadras las había recorrido caminando despacio, muy despacio, arrastrando el pesado cuerpo de aquel día que ahora, en el recuerdo, se le figura muy lejano. Cinco cuadras caminando, recuerda mientras trota, arriba el repetido cielo nublado y la amenaza de lluvia, y él transpirando ya desde el principio dentro de su jogging gris, sí, gris, lo había comprado el sábado anterior a esa primera salida de aquel lunes, apenas lo vio se dijo que quería ése, por suerte encontró el ultimo que quedaba de su talla, como si lo hubiera estado esperando, si hasta el vendedor le dijo que hacía mucho tiempo que lo tenían allí, y se lo probó y le quedó perfecto, le queda perfecto, le dijo el vendedor, y él sonrió. Pero ahora no sonríe, ahora trota y se acuerda muy bien de aquel primer lunes cuando su cuerpo lo desbordaba y lo marginaba de todo. Nada que ver con el presente, ahora todo es distinto se dice aunque una mueca de duda se dibuja en su cara al tiempo que ingresa ya a la tercer cuadra, siempre le había gustado imaginarse en esa situación, que todos le hicieran comentarios del tipo che, pero qué bien estás, cuál es el secreto. Le encantaba imaginarse así. Pero le costó, mucho le costó, y por momentos duda de haberlo conseguido, pero no se deja vencer por las vacilaciones y continúa aunque le sigue costando. Porque hay que tener esa constancia, hay que persistir en la dieta y hay que salir a correr todos los días, sin dejarse vencer por el desánimo ni la persistente amenaza de lluvia. Y sigue y sigue y ya recorre el último tramo de esas primeras cinco cuadras. Y cuando llega al parque comienza a trotar más rápido, con saltos ágiles, lástima que no hay nadie allí, pero ya está acostumbrado, nunca hay nadie al comienzo, solamente aquel primer lunes en que tanta gente iba y venía, y a partir de esa jornada nunca vio a nadie más, como si la ciudad se hubiera puesto de acuerdo en dejarlo a él que corra casi solitario y libre. Los únicos que interrumpen su soledad son cada día los mismos, que ya van a aparecer, falta poco, muy poco, apenas dé la vuelta, lo sabe. Lo sabe, entonces corre. Y mientras tanto su cabeza repite las imágenes. Aquel lunes. Fue la única vez que se cruzó de entrada nomás con gente corriendo o caminando, eso recuerda o al menos tiene esa sensación y no la del actual parque desierto, desierto hasta que se le aparecen ellos, los que ya conoce tanto, los que apenas dé la vuelta se le van a cruzar en el parque siempre envuelto en brumas, en el que el verde es distinto al verde, en el que cada mañana corre y corre para mantenerse así, tan en línea, eso es lo que más disfruta de su nuevo cuerpo logrado tras tanto sacrificio, aunque a veces duda, pero valía la pena el esfuerzo, porque claro que le gustaba imaginarse en reuniones donde se lo hicieran notar, sí, que todos admiraran su figura, sobre todo las mujeres, y sobre todo las mujeres de los otros, los otros, porque los otros eran todos, todos los que lo marginaban inclusive de las charlas, como si su gordura fuera contagiosa, o signo de estupidez o ineptitud, por eso creía disfrutar a más no poder de ese presente a partir de ese primer lunes cuando al salir de su casa se detuvo bajo el umbral y vio el cielo nublado y amenazante, recuerda, pero no le importó e igual salió a correr determinado a cambiar su silueta y su destino. Y aquel lunes se cruzó al igual que ahora con el mismo pibe, y el mismo pibe le vuelve a decir lo mismo al hombre que lo acompaña, mirá ese señor gordo, dice, y enseguida ocurren las risas alejándose, tal vez el hombre sea el padre del chico que le dijo eso, supone que sí, y el recuerdo del pibe lo sigue acompañando mientras corre y corre por el parque desierto bajo el cielo nublado, con su jogging gris y sus dudas a cuestas y así continúa corriendo sin dificultad, y poco después de la aparición del chico, apenas termine de atravesar el puente, se va a cruzar con las jovencitas, cuatro o cinco, nunca logra contarlas, y eso que allí vienen otra vez, el puente ya casi quedó atrás y se va a cruzar con ellas que lo van a mirar de reojo, y otra vez se van a alejar murmurando algunas palabras entre risitas entrecortadas, y una va a decir callate boluda a ver si te escucha, y lo dice, y luego él no va a escuchar más nada ni verá a nadie más. Pero ya nada de eso le importa, si cada día es lo mismo, pero fue aquel primer lunes en que a partir de esas palabras del chico y las risas de las jóvenes su ánimo se encrespó y lo que hasta ese momento había sido un trotecito leve se fue convirtiendo en una carrera contra su cuerpo, ya van a ver, y al diablo los consejos del médico, y no le importó que era el primer día, ya van a ver, un lunes con el cielo nublado, al igual que ahora que corre pensando en todas estas cosas, y recuerda aquella vez, cuando comenzó a transpirar más y más, cuando el corazón pareció salírsele del pecho, cuando un sudor frío comenzó a recorrerlo y él se obstinó y no se detuvo, ya van a ver, nunca se iba a detener, y eso que por un momento creyó que se moría, tanta era la bronca que le habían causado esos dos encuentros, pero ese lunes se las vio mal, muy mal, ya van a ver, creyó que se moría, recuerda ahora mientras sigue atravesando el tramo final del parque ya totalmente desierto y el cielo está más negro que al principio, igual que ese día, muy mal la pasó, el corazón, casi no lo puede creer ahora que lo recuerda y corre, así, así, con su jogging gris bajo el cielo amenazante, y ese lunes no paró y no paró, ya van a ver, ya nadie más lo iba a menospreciar, a denostar por su gordura, ya basta, nadie más, nunca más, se dijo confusamente aquella vez, o cree ahora que se dijo, ahora que corre y ya sale del parque y siente otra vez la esperanza de que alguna mañana cuando se cruce con el pibe, el pibe lo va a observar con admiración, y de que esas cuatro o cinco jovencitas lo van a mirar de frente y con una sonrisa cómplice y a lo mejor alguna se va a detener a conversar con él, aunque eso será otro día porque ahora ya está regresando y entonces cruza la avenida porque justo el semáforo está en verde, siempre está en verde, cada mañana es igual, ni un auto a la vista, y cada mañana piensa en esta parte del trayecto que si hubiera alguien que lo viera cruzar así la avenida, reventaría de envidia, con estas palabras lo piensa siempre, reventaría de envidia si supiera lo que ha logrado a partir de su determinación del primer lunes cuando al salir de su casa vio el cielo nublado y no le importó, y luego corrió y corrió impulsado por las palabras de ese chico y los murmullos de las cuatro o cinco jovencitas bien metidos en la cabeza, ya van a ver, y corrió y corrió y no se detuvo, no se detuvo nunca, nunca, como tampoco se va a detener ahora que ya está por llegar a la esquina de su casa, y de nuevo dobla la esquina, y ya la ve, y en el umbral de su casa ya está el hombre ¿gordo? que mira el cielo nublado y se dice que no importa, que él no se va a dejar acobardar por una simple amenaza de tormenta, y entonces arranca y comienza a recorrer al trote, como para ir entrando en calor, las cinco cuadras que lo separan del parque.

De tangos y heridas



Después del insulto, mientras se serenaba y trataba de parar la sangre, Juan escuchó la voz del Polaco que por la radio le cantaba de cada amor que tuve tengo heridas. Le pareció que esa letra estaba dedicada a él, entonces esbozó una sonrisa algo triste por cierto y pensó que, si la frase fuera verdad, su caso debería exhibirse ante el mundo como el del hombre más ileso de la historia, y la herida que recién se le había producido bien debería considerarse de lo más absurda. Terminó de afeitarse y se miró en el espejo, el corte no era muy importante aunque sangraba todavía. Bajó la tapa del inodoro, se sentó sin prestarle atención a la molestia, se estaba acostumbrando a ella y así, bien sentado, empezó a acordarse de los sucesos de aquella no tan lejana jornada, casi un compendio de su vida. Total, es domingo, pensó Juan, la oficina no existía y no había repasado los hechos de aquella vez. Había transcurrido ya algún tiempo y no estaba muy seguro, algunas partes no resultaban del todo claras y tal vez, quién sabe, en una de esas ahora.
Esa tarde, un viernes de pleno verano porteño, si bien el trabajo no le había ofrecido alternativas de interés, Juan se largó a la calle cargado de sensaciones y una ardiente fantasía, le pareció que el éxito le llegaría antes de abrir la puerta de su departamento. Todavía en el ascensor, empezó a cantar, las viudidas, las casadas o solteras. Y así cantando llegó a la vereda, miró el cielo y ni una nube, le dio un beso a su medallita de la suerte y arrancó, caminó hasta la parada y enseguida vio venir al interno 44. Qué buena fortuna la mía, se dijo.
En el colectivo. Al primer intento la máquina le vendió el boleto y le dio el vuelto justo y entonces, al girar la cabeza con gesto ganador, vio a la muchacha de pelo negro. El que estaba a su lado, como obedeciendo a un mandato, se levantó, y en ese instante Juan intuyó un destino de cutis suave sentado junto a la ventanilla. Sin dudar ocupó el sitio a su lado, no era tan negro el pelo, pero igual abrió el libro en una página cualquiera y aguardó lleno de esperanzas. Ya había intentado el truco de llamar la atención haciendo como que leía un texto medio difícil y poniendo cara de intelectual, lo había probado muchas veces, sí, unas cuantas veces. El viaje fue bastante prolongado, Juan leía y no entendía nada de lo que leía, y cada tanto daba vuelta alguna página y espiaba a la bella y tosía con delicadeza. El viaje fue bastante largo, y ella solamente dijo, al final, dos cuadras antes del final, permiso, señor. Al menos había logrado hacerse respetar.
En el subte. Seis y pico de la tarde, Estación Catedral. La historia vuelve a repetirse, supuso, pero no. Verla en el andén y sentir como un puñal en la carne fue todo uno. Esquivó a algunos y se acercó lo más que pudo. Al subir, Juan logró acomodarse detrás de los pantalones rojos, meditó entonces en lo azaroso del destino, ya que nunca lo había atraído el color rojo, al menos no lo tenía presente y no podía perder tiempo. En un par de estaciones, o tres o cuatro, algo se le podría haber ocurrido. Pero ella se bajó enseguida. Una mujer que toma el subte por una sola estación no me conviene, recuerda haber pensado con satisfacción de haberla perdido para siempre.
En el tren. Dejó salir uno y esperó el siguiente para viajar sentado, tal vez la casualidad le deparara ahora sí alguna sorpresa con curvas. Logró su primer cometido, claro que del lado del pasillo y junto a ese hombre tan robusto y tan sin bañarse, no le gustaba demasiado y prefirió hacerse el dormido. El tren no se había movido todavía cuando una fragancia de mujer lo alcanzó y entonces Juan pensó ya no puedo equivocarme, esta vez sí, es ella, la gran mujer que ha llegado a mi existencia. Enseguida, emocionado abrió los ojos y la vio, ay, ay, ay, la vio, y al verla no tuvo más remedio que tomar la iniciativa y dirigirle la palabra para decirle venga, siéntese abuela, yo me bajo acá nomás.
En el bar. Juan no se quería dar por vencido, algo tiene que pasar, la pucha digo, cómo puede ser que siempre pase lo mismo, que nunca pase nada, pensó. Por eso le hizo trampa a la rutina y entró a tomarse aunque sea el último café. Una sola mesa ocupada, una joven sola en ella. Y esa pollera tan corta dejaba ver unas piernas que le abrieron el apetito. La comida está servida, bien pudo haber pensado. Se ubicó a cierta distancia, no era cuestión de pecar por precipitado. Una música sonaba en el lugar y parecía poner el mejor marco a un romance a punto de comenzar. Ella lo estuvo mirando fijo un rato largo, parecía suplicarle hablame, rompé el silencio. Él se movía en la silla y poco después de volcar el pocillo y ver cómo la muchacha sonreía, decidió que apenas pusieran un tema de Luis Miguel se le acercaría. El plan le pareció perfecto, sin fisuras, sólo era cuestión de saber manejar los tiempos. Pero ella no tuvo paciencia y fue por Manzanero y su Somos novios cuando la vio caminar y preguntarle algo al mozo, luego los vio alejarse, perderse en los fondos y no regresar. Juan dijo una mala palabra, dejó la plata en la mesa, miró a los costados, dos veces, tres veces, se afanó un sobre de azúcar y se fue, y minga de propina.
En el ascensor. Acá viene la parte más confusa de esa jornada. Juan no tiene muy claro el episodio. Recuerda, eso sí, haberla seguido durante algunas cuadras, mirando como su posible amor a primera vista se bamboleaba debajo de la pollera azul. También recuerda haber subido con ella al ascensor. Y hasta acá llegó la claridad. Porque de lo ocurrido ahí adentro Juan no guarda mucha memoria. Es probable que se haya extralimitado, tal vez lo perturbó la desesperación de la última chance, o la transpiración que le nublaba la vista y el entendimiento, o quizá resolvió que al fin y al cabo él vivía en ese edificio y consideró tener ciertos derechos, el de propiedad por ejemplo. El intento acabó mal, muy, pero ahora, el recordarlo le sirvió para aclarar los hechos posteriores, su cabeza los había omitido durante ese tiempo.
En la cárcel. Estaba oscuro allí adentro, al principio nada más que tristeza y quietud, que no duraron mucho. Había tres tipos así que ojo con lo que hacés, quietito ahí, vas a abrir la boca sólo cuando yo te diga, le dijo el único que tuvo la deferencia de presentarse. Este hombre tenía un flor de apodo que, luego de los sucesos acaecidos, debió reconocer como muy apropiado. Dolorosa y profundamente apropiado.
Y cerró fuerte los ojos, y apretó fuerte los labios.
En fin. La oscuridad. Las horas de encierro. El gigante del apodo. Su cuerpo y el otro cuerpo. Las risas de los demás, antes, durante, después. El olor encima. Nunca se había creído capaz de sudar tanto. Ya no había puntos sin aclarar respecto a ese día. Juan debió admitirlo, después de todo tan errado no andaba el autor de la letra de ese tango, cada amor deja su herida, entonces no resultaba tan absurda la suya, la cuenta cierra bien, qué lindo consuelo, pensó ya de pie frente al espejo, y por qué mierda tuve que afeitarme si es domingo, otro domingo que para qué, se dijo en voz alta para tapar el sonido de la radio que emitía ahora una milonga. Sin muchas ganas de bailar, le echó la culpa al destino mientras se pasaba la mano por el sitio de la herida de hace un rato nomás, no demasiado grande en comparación.
Por una cabeza
Cuesta abajo. Le parece que sí, pero no está seguro, a esta altura de los hechos Cipriano no puede estar seguro de nada, cómo estarlo con lo que le estaba sucediendo, y cómo, si además a la película la había visto hacía, cuántos años, se preguntó. Así y todo le parecía que era nomás en Cuesta abajo donde el Mudo jugaba esa escena en la borda de un barco y le cantaba a su gran amigo Por una cabeza, y en ese tango le juraba mil veces no volver a insistir, aunque reconocía que si algún pingo llegaba a ser fija el domingo, él iba a perder la cabeza para volver a apostar por un noble potrillo que, inefablemente, va a aflojar justo en la raya para perder por una cabeza para que él después pudiera jurar no volver a insistir hasta que si algún pingo... y así por siempre, la vida entera, como si arrastrara la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser, porque la historia vuelve a repetirse y es cosa sabida que, hoy un juramento, mañana una traición. Pero en realidad, y eso lo recuerda bien y es donde la canción se conecta con su caso y por eso viene al caso, ese tango cuenta también de los vaivenes amorosos de una coqueta y burlona mujer. Y a él le pasó eso, perdió la cabeza por los vaivenes amorosos de una mujer coqueta y burlona, pero qué mujer María, que no es la que nunca tuvo novio. Se llamaba solamente María, negro el pelo, los ojos verde gris, bien criolla y bien porteña, linda como una flor, dueña de esos labios de fuego que otra vez quiere besar, porque no le importa su pasado, ni es quien para juzgarla, si se notaba con mirarla que no la habían querido bien a la muñeca brava, flor de pecado, y la desea tanto que, si recuperara algún día la cabeza, no apostaría ni un mango a la posibilidad de conservarla, si no más bien todo lo contrario, para jugar sobre seguro tendría que depositar toda la mosca en la ventanilla que indicara que va a volver a perderla. Pero para volver a perderla, primero debe recuperarla, y ahí residía el problema principal, aunque el primer paso ya estaba dado, pues dos o tres amigos, que no eran Pancho Alsina ni Balmaceda pero igual él los recuerda, lo habían acercado al lugar en que ahora se encontraba, debajo de un cartel que no puede ver pero que, según le han dicho, es enorme e identifica el sitio como la oficina donde van a parar las cabezas perdidas. Al llegar, lo primero que hizo fue acariciar a su medallita de la suerte. En el lugar hace un frío que es peor que el odio, pero él busca lleno de esperanzas mientras un empleado de voz sentimental le pone un papel en la mano y le dice que tiene el número 34, y mediante señas Cipriano se hace entender y pregunta por qué número van y le contestan que por el 13, mala suerte si ando solo, ella es la culpable de todo, piensa, y cierra fuerte los ojos y aprieta fuerte los labios. Enseguida llaman al 14, y entonces quiere emborrachar su corazón que se lastima llorando su sermón de vino, pero igual toma y obliga pues sabe que de las mujeres mejor no hay que hablar, ya que todas, amigo, dan muy mal pago, se lamenta. Pasan unos minutos y luego solicitan al que tiene el número 15, la niña bonita, piensa Cipriano, y evoca a María con quince abriles y tan llena de anhelo de sufrir y amar, con ese andar tan hondo y sensual, y de repente le vienen ganas de llorar por la novia ausente, y también de repente siente una fuerte palmada en el hombro y una voz que le dice tenga mano compañero, mire que no está solo, espantosamente solo, y en ese momento siente un escozor ahí en el cuore y percibe la presencia de una gran cantidad de puntos en la misma situación que él, en un desfile de extrañas figuras, como una caravana interminable o como un coro de fantasmas, y los oye respirar ruidosamente, cual si fueran viejos fueyes desinflados, y se da cuenta que él también infla demasiado el pecho, aunque ya se está acostumbrando a respirar así, porque ya hace varias noches que María (la más mía, la lejana) lo dejó en chancleta, piantó del bulín de la calle Ayacucho y se fue por el caminito bordeado de trébol y juncos en flor, sin darle siquiera la chance del último café. Entonces comprende su soledad sin para qué, ya que ella no perdió la cabeza por Cipriano, sino que se fue una noche zurda por esa calle de estío, calle perdida, dejó un pedazo de vida y se marchó con otro, María es así, aunque últimamente andaba rara, como encendida; él vio que se venía en falsa escuadra y no pudo hacer nada, y ahora debe estar hecha toda una bacana, a la que la vida le ríe y canta, a ella, sí, a ella que había nacido en la miseria de un cuartucho de arrabal. Y allí está él, pobre Cipriano, peregrino y soñador, con nostalgias de escuchar su risa loca y las promesas vanas de un amor, cuando se le da por pensar (después de tanto, tanto tiempo) en cómo es que puede pensar si ha perdido la cabeza, y cómo es que no puede ver ni hablar pero sí puede oír, y todo este asunto lo marea y no tiene el consuelo de poder llorar, y le empieza a dar vueltas la cabeza, y esto tampoco puede ser pero es, y pareciera que al mundo le faltara un tornillo, que venga un mecánico quisiera gritar, aunque sabe que el mundo fue y será una porquería; menos mal que él no necesita la comedia de las lágrimas sinceras, ni palabras de consuelo, aunque anda en busca de un perdón. Y de repente, sin que nadie lo disponga, siente nostalgias de las cosas que han pasado, se le mete la idea de que es un soplo la vida, que veinte años no es nada, y pretende repasar su vida de errante bohemio, curtido de males, bandeado de apremios. Recuerda por ejemplo que nació en un barrio plateado por la luna, donde la vida solía hacer gambetas, un barrio donde el lujo fue un albur. También recuerda que la casa tenía una reja. Y que de pibe tenía un sueño, antiguo sueño de purrete: ser igual que un barrilete buscando altura en su ideal. Le parece entonces oler un perfume de yuyos y de alfalfa y de alguna parte le llega un dolor de vieja arboleda, canción de esquina, y en esa misma u otra esquina, aquel cafetín de Buenos Aires, aquel que le dio, entre asombros, el cigarrillo, la fe en sus sueños y una esperanza de amor, pero, ¿dónde están los muchachos de entonces?, barra antigua de ayer, ¿dónde están?, y dónde habrá ido a parar aquel buzón carmín y aquel fondín donde lloraba el tano. Todo esto representa tan sólo la triste ceniza del recuerdo, nada más que cenizas, nada más. Y de pronto, la nube de humo que envolvía la evocación desaparece y le estalla en el mate como si fuera el tiro del final, el grito que invita al 18, y el 18 le hace sangrar las cosas que fueron rosas un día, y al rato, luego de distraerse en algo, al escuchar que convocan al 20 siente que está por comenzar la eterna y triste fiesta de los que viven al ritmo de un gotan y se le da por pensar en la vida, las madres que sufren... aunque muy rápido vuelve a la realidad de ese instante ya que llaman al 21, la mujer, y él se dice que en su vida tuvo muchas, muchas minas, pero nunca una mujer, aunque una voz de adentro le susurra: mentira, mentira, si de cada amor que tuvo tiene heridas, heridas que no cierran y sangran todavía. Muy bien, parece que el que tenía el 21 se fue, porque tras cartón cantan el 22, el loco, y él, rechiflado en su tristeza, se imagina anocheciendo en su porteña soledad, hasta le parece ver a la luna rodando por Callao y piensa si el loco que mira a Buenos Aires del nido de un gorrión no será él, y recuerda, ay, cuando ella lo dejó de seña en Corrientes y Esmeralda, un martes o miércoles de invierno, con garúa en una noche llena de hastío y de frío, y traje nuevo, y ramo de flores, y pulmonía. Aunque debe reconocer que ella lo llamó una vez para decirle ¿que hacés, me conocés?, y cuando él quiso contestar, chau, adiós, adiós, adiós, le dijo la misteriosa mujercita de su afán, qué triste es recordar, le duele el corazón por esa herida absurda y hay como un silencio en la noche, aunque nada está en calma para este viajero del dolor, que en el momento del llamado sintió una mezcla de rabia, de dolor, de fe, de ausencia. Lo bueno del asunto es que ahora no puede fumar, ni andar con el pucho de la vida apretado entre los labios, ni mucho menos cantar fumando espero a la que tanto quiero, y no es que no tenga ganas, que el resto del cuerpo bien que está completo y listo para funcionar a media luz cuando María lo requiera, porque está convencido de que María es la única, ya que sólo se quiere una vez y comprende que no habrá ninguna igual, no habrá ninguna, ninguna con su piel ni con su voz. Cipriano daría años de su vida por oír su paso que regresa en las sombras de su pieza y es que de noche cuando se acuesta no puede cerrar la puerta, porque dejándola abierta sueña con verla una vez más, y que nadie venga a decirle que es inútil remover las cenizas de un amor, justo a él, que aprendió todo lo bueno, aprendió todo lo malo. Ahora llaman al 28, y él anhela un pecho fraterno para morir abrazao, pero es consciente de la indiferencia del mundo, que es sordo y es mudo, aunque Cipriano no tiene ni rencor ni veneno ni maldad. Y ha pasado un rato largo y ahora por el parlante alguien grita que venga nomás el 30, Santa Rosa, la rosa que engalana se vestirá de fiesta con su mejor color y, ay María, el día que me quieras, o la noche, qué importancia tiene, si cuando eso ocurra florecerá la vida, no existirá el dolor y endulzará sus cuerdas el pájaro cantor. Pasan unos minutos y es el turno del 31, justo el treinta y uno abandonó y no sabía, se debe haber ido como con bronca y junando, así que sin esperar demasiado llaman al 32, el dinero, y entiende que la razón la tiene el de más guita, que a la honradez la venden al contado, e imagina que si él hubiera tenido vento, mucho vento, cuanto más vento mejor, ella quizá no se hubiera ido por el callejón lejano, lejano. Menos mal que ya le falta poco, pues si lo piensa más le van a dar ganas de balearse en un rincón, como si fuera la última moneda que le queda por jugar. Pero ya atienden al 33, la edad de Jesucristo, y él se siente sin confesión y sin Dios, crucificado en sus penas, como abrazado a un rencor. Al fin llega el momento, el siguiente es él, el 34, y siente ganas de abrazarla, de borrar lo que ha pasado y perdonarla, entonces lo invade un vértigo final y se ilusiona con que ya no habrá más penas ni olvido, y también siente muchas ganas de gritar: fuerza, vamos, que falta un poquito, ya verás amor, qué feliz serás. Listo, se acabó la espera, por suerte ya le toca y le extiende el papel a alguien que no ve pero que de muy malos modos le pide el documento y él estira la mano y se lo da, y oye cómo el maleducado putea en voz baja para que él no lo oiga, y luego le dice que justo ésa la llevaron a la mañana junto con otras al depósito, que queda a diez cuadras, y afuera es noche y llueve tanto, y ahora es un quilombo encontrarla, y todo esto sin tener en cuenta que a él, al empleado, no le pagan lo que merece y además ya es tarde y por más que le llore o que le implore, no lo va a convencer, y le dice a Cipriano: hágame una gauchada, caballero, pruébese ésta.
Cipriano se la pone, se mira al espejo y dice O.K., mata, y siente que la esperanza es joven otra vez, porque recuerda que hubo un tiempo que fue hermoso y fue libre de verdad, y decide que debe pasar por un quiosco y comprar algo que antes no hubiera necesitado. Cipriano ya se va, camina hamacando el cuerpo, masca un chicle y se acaricia la larga cabellera, tararea el último hit de Charly y piensa que apenas salga de ahí se va a tomar una birra y esa misma noche va a curtir con Karina, una masa.

miércoles, 7 de marzo de 2007

En la vereda

Casi al final de esa tarde de verano, un rato después que el dolor de cintura se acentuara, el viejo puteó por lo bajo y echó una mirada a las nubes que, recortadas contra el horizonte, ni amenazaban ni dejaban de amenazar. Luego se pasó un pañuelo por la frente, juntó las cosas y entró en la casa. Caminó con el cuerpo inclinado hacia adelante, alguna dificultad en la respiración y un cansancio que se le antojaba definitivo. Arrastraba la silla de mimbre con una mano, mientras la otra apretaba el termo y el mate contra el pecho. El pasillo le pareció más largo que lo habitual, un pasillo ya sin gritos, pensó mientras lo recorría, sin ladridos siquiera, apenas las paredes y sus telarañas, y un par de macetas con algo de tierra, y una canilla ahí en el medio, apenas. Tal vez vaya a llover nomás, se dijo al cerrar la puerta.
El viejo había soportado con tranquilidad las miradas de los vecinos, a los que supuso ocultos tras las ventanas cerradas, como siempre, observándolo. Mientras mateaba en la vereda recordó la época en que la situación comenzó a complicarse y cómo, a pesar de todo, decidió seguir adelante con su costumbre. Tiempo después se enteró, alguien se animó a contarle que en el barrio corrían rumores sobre su proceder. Él sonreía por dentro y continuaba la rutina de mate en la vereda, con cigarrillo al final incluido, aunque tosiera, qué carajo. Trataba, eso sí, de no tener muy a la vista la radio en la que, si bien con interferencias, aún lograba escuchar unos buenos tangos, a veces.
Ya dentro de la casa, se acordó de cuando, todavía pibe, los padres lo llevaron a vivir allí, en ese barrio que él se empecinaba en seguir llamando Villa Martelli. Un barrio que, a pesar de los sucesos acaecidos en el país y en el mundo, parecía conservar cierto aire de otros tiempos, aunque cada vez se parecía más y más a los otros, así se lamentaba a veces el viejo. De pronto una imagen se le cruzó y le trajo a la memoria un cumpleaños, no estaba muy seguro, el de los doce quizás. Sí, los doce. Esa vez los padres, después de ahorrar peso tras peso, habían logrado comprarle la bicicleta, no era nueva como él deseaba, pero sí muy azul, el azul de sus sueños. Los chicos de ahora no tienen tanta suerte, las calles de hoy deben extrañar las bicicletas y los saltos y las risas y tantas otras cosas, pensó mientras se servía un poco de agua fresca. Luego, al apoyar el vaso en la mesada, observó el polvo acumulado sobre el televisor, no lo prendió esa noche tampoco, total, se dijo, sólo transmiten los mensajes que ellos quieren, siempre los mismos, una y otra vez, como si hicieran falta, y encima esa música que pasan, y quizá después de todo el aparato ya ni funcionara. En el horario fijado, cenó lo que le correspondía por ser sábado y luego, en el baño, orinó con algún dolor, se arregló un poco la ropa y el pelo y se dispuso para salir.
Cinco cuadras lo separaban del lugar en el que cumplía funciones de sereno o algo así. Esa noche había salido algo más temprano y, al cruzar como siempre la plaza, decidió sentarse un rato. Entonces eligió uno de los pocos bancos en condiciones y contempló, a través de las sombras, los yuyales que habían ido ocupando el lugar, el sitio de los juegos convertido, en qué, en qué se ha convertido este lugar, se preguntó. Intentó después imaginar un día de sol y gente allí y juegos de chicos, lo consiguió con esfuerzo, pero bien pronto la imagen desapareció de su mente. Algo disgustado con él mismo, con su ya pobre cabeza, como solía decir, retomó su camino. Llegó sin novedad y así se lo hizo saber al que lo esperaba, otro viejo al que debía reemplazar y que nunca le había caído bien.
Cuando lo llevaron por primera vez a aquel sitio, ellos le dijeron que se trataba de un depósito muy importante y que debía cuidarlo. Él no preguntó nada, para qué, sabía que no le contestarían o, a lo sumo, le hubieran mentido. Así sus noches empezaron a transcurrir en un cuarto pequeño y gris y sin ventanas, con unas fotos en las paredes que evitaba mirar y un olor al que nunca logró acostumbrarse. El mobiliario consistía en una silla no muy deteriorada, y en el suelo un teléfono que sonaba cada tanto, aunque cuando lo atendía todo era silencio y él quedaba largo rato pensativo. Nunca dormía mucho, pero esa noche no durmió nada.
Volvía a su casa, ya de madrugada, y ya casi llegaba cuando de pronto se cruzó con uno y en la esquina siguiente tuvo un presentimiento y luego, al percibir desde el pasillo el olor, el presentimiento se convirtió en certeza y, vinieron, pensó con fatiga, vinieron al fin, yo sabía. Y al entrar en la cocina hubo más que el olor. Una taza sucia volcada sobre la mesada, el peine junto a la taza, los frascos abiertos de unas pastillas que él tomaba, las pastillas por todos lados, el televisor encendido, la radio en un rincón alejado, las pilas a un costado. Y en el piso, en medio de un charco de agua, la yerba derramada
Todavía molesto por esos mensajes que le habían dejado, tanto que no había podido dejar de putearlos aunque la respiración se le complicaba, lo sobresaltó el sonido del teléfono y dudó en atender, hacía mucho que no sonaba, ni siquiera creía que funcionara, pero cuando al fin atendió se tranquilizó enseguida, al reconocer la voz de su gran amigo de toda la vida, devenido en cura, que le dijo que tratara de entender, que no podía seguir haciendo esas locuras, escuchame, ya no sos aquel joven de antes, que habían ido a la parroquia y que como quien no quiere la cosa le habían preguntado por él, que ya debía cortar, haceme caso, dijo, y cortó.
El día pasó lento, pesado no solamente por el calor y la humedad, y la inquietud persistía más allá del clima. Tal vez por ser domingo, ya por la tarde se le ocurrió buscar el banderín de su querido club de toda la vida. Le costó encontrarlo, tanto tiempo hacía que lo había escondido en el galponcito del fondo. Pero lo encontró, y mientras lo agitaba dulcemente de sus labios salió como una plegaria alguno de los cantos que la hinchada solía repetir desde la tribuna, mientras saltaba, la hinchada saltaba y gritaba y cantaba, si parecía mentira tanta pasión en aquella época. Luego, ocultó el banderín entre sus ropas y se estuvo un rato largo sin hacer nada, ahí parado, con calor.
Al caer la tarde, salió a la vereda y se acomodó nomás en la silla. Miró alrededor. Cuando se sirvió el primer mate lo alzó y, haciéndolo más visible para los vecinos ocultos, brindó con una sonrisa, mientras en la radio, la clandestina, comenzaban a sonar los compases de La última, qué tangazo, pensó.
No tardaron mucho. Los oyó avanzar entre el silencio de las calles vacías. Después, pero no mucho después, los vio aparecer al doblar en la esquina y siguió sentado y los miró acercarse, detrás de los que caminaban venía el vehículo, al viejo le pareció que una niebla los envolvía, pero debo ser yo que ya confundo todo, no hay caso con esta pobre cabeza mía que ya no funciona, se dijo. Entonces suspiró, entornó los ojos, su boca se aferró a la bombilla y con un placer infinito, escuchó ese ruidito tan familiar, ese que avisa de la última chupada, ese que avisa que es el final.

Viajeros
Qué raro.
Algo así pensó el doctor Ledesma al salir de su casa esa mañana, y enseguida siguió, cómo puede ser que todavía esté tan oscuro si estamos en pleno verano, si el calor ya me ha hecho transpirar y el sol debió haber salido hace rato. Algo así, tal vez de manera más confusa, habrá pensado. Pleno verano, sin dudas, si el día anterior había regresado de sus vacaciones en playas lejanas, playas con mar caliente y arenas suaves y mujeres rubias y suaves y calientes, y el mar y su entorno volvieron a su recuerdo en ese instante en el que la oscuridad lo abarcaba todo y entonces volvió a decirse, qué raro todo esto, ¿para qué volví? Pero no había caso, había regresado y la noche estaba allí. Allí. ¿Y él? ¿Podría haberse confundido tanto? Intentó consultar el reloj, el reloj era nuevo pero no pudo ver qué marcaban las agujas, así que entró de nuevo en la casa y encendió la luz y ahí confirmó que la hora era la de siempre, la que lo veía atravesar el largo jardín para dirigirse hacia la estación y tomar el tren, el que le permitía llegar temprano al centro de la ciudad, cada día el primero para atender y dirigir la clínica de su propiedad. Pero esa mañana. En fin. Ya que la oscuridad era un hecho, y como ya hacía rato que estaba parado en la vereda y se había ido acostumbrando, caminó a través de ella. Lo incomodaba ese dolor en su espalda que había comenzado durante las vacaciones, pero más lo incomodaba el sentir tanta negrura y al acercarse a la esquina pensó que sería oportuno comentar algo con el que vigilaba, no hubiera tenido nada de extraño, solía intercambiar de vez en cuando alguna palabra con él, que, si no recordaba mal, había nacido en un pueblo cercano al suyo, en aquella provincia del norte, eso le había contado alguna vez, sí, ahora estaba seguro, fue una mañana que había amanecido muy contento por algo que ahora no recordaba, pero su paisano no se había esforzado en ser alguien importante y no se hallaba en la casilla, no, ni en la casilla ni en ninguna parte, en realidad parece no haber nadie en la calle hoy, porque no es solamente la oscuridad, ni un ruido se escucha por aquí, se dijo al mismo tiempo que esbozaba algún gesto de preocupación o de fastidio, luego pareció resignarse y así siguió. Caminó algunos pasos, cinco o seis tal vez, volvió a consultar el reloj sin éxito y continuó andando rumbo a la estación, al menos eso creía. Durante el trayecto no se cruzó más que con la posibilidad de alguna silueta a lo lejos, y quizás algún perro. O quizás dos.
Al llegar, nadie en el andén, y la noche daba la impresión de haberse perfeccionado durante la caminata. El doctor Ledesma, sin motivo aparente, se tranquilizó un poco y hasta silbó una vidala, cosa rara en él, hacía muchos años que no lo intentaba, desde su época de muchacho, allá en su pueblo todos le decían que silbaba bien, muy bien, dale, silbate algo, Eliseo, le decían sus amigos cuando se juntaban a la noche en la esquina del almacén y volvía tarde y la madre lo esperaba y le servía la comida. Los amigos, qué habrá sido de ellos, casi veinte años sin verlos, alguna noticia de vez en cuando. Trató de recordar algunas caras, Luis, qué sería de su vida, en la primaria Luis lo había aventajado, siempre, y sin embargo. Sin dejar de silbar se dirigió hacia la boletería, tal vez ahí le pudieran informar la causa de tanta negrura y silencio, quizás el empleado había escuchado alguna noticia en la radio, sí, eso podía ser, y mientras avanzaba veía una luz muy tenue, no muy lejos, ahí nomás, y a medida que se acercaba la luz iba empalideciendo, aparentaba achicarse con cada paso, y cuando creyó llegar ya la luz había desaparecido, por completo, como si nunca hubiera existido, nunca la luz ni la boletería, tan sólo sombras abarcándolo todo, ahí, ¿en el andén?, y entonces se sintió débil, súbitamente débil, y buscó sentarse en el refugio, a tientas bajó los cuatro peldaños y se dijo que en algunos minutos llegaría el tren, lo tenía todo calculado, cada día de trabajo había sido así. Y sin embargo. Se equivocaba, apenas se había sentado cuando el ruido del tren comenzó a llegarle, parecido al de cada jornada y al mismo tiempo diferente, como si el ruido esta vez lo nombrara. Entonces subió la escalera, se asomó y lo vio aparecer al salir de una curva, ¿una curva? Su tren, claro que era su tren, aunque esta vez pareció surgir de un túnel y luego se detuvo lenta, muy lentamente frente al doctor Ledesma, que permaneció quieto, muy quieto ahí en el andén, enmarcado por el humo que emanaba de la máquina. La oscuridad en ese momento comenzó a no ser tan espesa, al menos así le pareció. La puerta del único vagón quedó justo frente a él. Entonces respiró hondo y se agarró fuerte y subió. Una campana sonó dos o tres veces en la estación, desde la locomotora llegó la respuesta, y la formación, la escasa formación, se puso en marcha.
Al principio se sintió un poco mareado, pero el malestar duró poco. Se afirmó mejor y comenzó a recorrer el vagón de asientos marrones y penumbras, y, ya casi a punto de aceptarse como el único pasajero, escuchó una voz que lo invitaba, venga aquí, mi amigo, venga, no me mire así, acérquese que acá lo estoy esperando, ah, muy bien, bienvenido, parece que seremos dos en este viaje, dos nomás. Tal vez tendría que haber respondido que no podía ser, que era imposible, que el dueño de esa voz se equivocaba, al fin y al cabo un error lo tiene cualquiera, porque cómo podía ser que lo hubiera estado esperando a él, al doctor Eliseo Ledesma, que si bien tomaba todas las mañanas el mismo tren para llegar temprano a su clínica, no conocía a ninguno de los que viajaban, él no conversaba con nadie, jamás, y mientras pensaba o decía o creía pensar o creía decir éstas u otras cosas parecidas, el tren había arrancado y él se había deslizado quizá sin querer hacia la voz, se aproximó y el que había hablado repitió la invitación con un gesto de la cabeza, y entonces se vio sentado frente a ese hombre bastante corpulento y de piel oscura, lo miró con atención, la piel, además de oscura se le ocurrió gastada, su cara le resultó vagamente familiar y luego, varios minutos después, cuando el tren ya había alcanzado una velocidad que le pareció excesiva, le vio el mazo de cartas en las manos y bien pronto pudo apreciar la habilidad que demostraba y el hombre volvió a hablar y mezclando las cartas le repitió bienvenido al tren, qué le parece si mientras vamos regresando jugamos para pasar el tiempo, así amenizamos el viaje, que va a ser largo según creo. Él no contestó enseguida, tal vez trataba de comprender el sentido de las palabras. Luego dijo algo, tosió un poco, miró a través de la ventanilla y notó que afuera estaba tan oscuro como antes, como cuando al salir de su casa esa mañana había pensado algo así como, qué raro, y más raro aún, porque una segunda mirada por la ventanilla, luego de parpadear un par de veces, le permitió advertir que el día se había transformado, un gris impreciso se debatía con el atardecer, ¿el atardecer? También el tren parecía haberse detenido o al menos aminorado su andar impetuoso, y eso le permitió ver el patio de una casa, una sola casa en la inmensidad, y allí una mujer morena descolgaba la ropa y miraba cómo tres o cuatro chicos jugaban a la pelota, ella pareció gritarles algo, que tengan cuidado tal vez, que no se fueran a lastimar, aunque lo que más le llamó la atención fue la tanta tristeza que emanaba de la ancha figura de la mujer que colgaba la ropa en el patio de esa casa y que bien pronto desapareció de su vista. Ya no hubo nada más afuera, el paisaje se borroneó al tiempo que un movimiento brusco sacudió el andar del tren, entonces volvió su mirada al interior del vagón, el hombre sentado justo enfrente de él continuaba allí, tan grande y oscuro como antes, mezclaba las cartas a intervalos regulares y parecía haber adquirido rasgos más juveniles. El doctor Ledesma se acomodó en su asiento, notó que el dolor en la espalda había disminuido, era casi imperceptible, apenas un recuerdo del dolor. En ese momento pensó de nuevo que ese rostro le recordaba a alguien, a quién se parece este hombre, se dijo, pero claro, él había tenido que atender a tantos y tantos pacientes, bien podía ser que, y sin embargo no me parece que por ahí ande la cosa, no hay caso, no me acuerdo, concluyó, y quizás hubiera dicho algo, pero no supo qué decir o cómo iniciar una frase cualquiera, y el hombre, que seguía mezclando las cartas, que parecía sonreír cada tanto, le dijo que no se preocupara, ¿sabe una cosa?, tengo la impresión de que hace mucho tiempo que usted no juega, además no parece andar con ganas, y agregó que él tampoco andaba con mucha voluntad, que en vez de jugar bien podían conversar un rato, ¿qué le parece? El que mezclaba dejó de hacerlo y dijo entonces deje nomás que empiezo yo: todos tenemos algo de qué arrepentirnos, yo he matado a un hombre. Sin énfasis lo dijo, como si hubiera dicho que el vagón o que el cansancio o que el tiempo. He matado a un hombre, repitió, y ante el gesto de incredulidad del que lo escuchaba, lo miró fijamente y siguió, sí, hacía calor, y no es una excusa, solía hacer mucho calor en el pueblo, yo era joven y tenía por entonces siempre mucha sed y nada de plata y esa noche esperé que el boliche cerrara, forcé la puerta y entré y agarré unas botellas y las metí en el bolso, y cuando ya me iba, cuando ya en la calle me creí a salvo, sentí a mis espaldas el grito del que resultó ser el comisario pero yo qué sabía, yo no sabía nada en ese momento, solamente que la sed me quemaba la garganta, y escuché como en un mal sueño largá lo que llevás ahí y levantá las manos, y yo hice lo que me ordenó, apoyé el bolso en el piso, y apenas lo apoyé pegué un salto hacia delante y desenfundé y contesté con un único balazo, siempre tuve buena puntería, y siempre fui rápido, no vaya a creer, y aunque él alcanzó a herirme fue muy poca cosa, acá en el brazo izquierdo, ¿lo ve usted?, sí, así nomás fueron las cosas aquella vez, a él lo velaron y yo finalmente escapé, tuve que escapar, me fui y de nuevo creí ser libre y de nuevo volví a equivocarme, porque viví años terribles, casi como veinte años de una pesadilla, así, con su último gesto de sorpresa y muerte en mi conciencia, y ya no pude vivir en paz, no, todo este tiempo con su cara final ante el fogonazo me ha hecho daño, mucho daño, me ha perseguido en todos los momentos, y su boca que sangra pregunta y pregunta ¿qué me hiciste?, y es por eso que subí a este tren y vuelvo para allá, porque ya no puedo soportarlo, ya no más, ¿me entiende?
Más o menos.
No importa, ya va a entender, todos entendemos alguna vez, ¿y usted?, ¿de qué se arrepiente usted?
¿Yo?
El doctor Ledesma comenzó a fumar un cigarrillo que el otro le había convidado, las dos volutas de humo se trenzaron a la altura de las cabezas. Cuánto hacía que no fumaba, aquella tarde bajo el puente tal vez, cuando quiso impresionar a Graciela, ¿se habría casado?, ¿con Luis?
Gracias, viene bien un cigarrillo, porque.
¿Yo?, no, de nada me arrepiento, mi vida ha sido una vida normal, la vida de alguien que se propone una meta y la consigue, ya que estamos le cuento, cuando terminé el secundario dejé mi pueblo, la muerte de mi padre aceleró las cosas y abandoné ese lugar, un pueblito sin esperanzas perdido allá en el norte del país, rodeado de montañas como las que ahora se ven ahí afuera, mire, vea qué enormes y hermosas son, ah, ¿las conoce usted?, y entonces me marché con los ahorros de mi familia, mi madre me dijo el dinero es para vos, llevátelo, y eso hice y estudié con entusiasmo y me recibí de médico, me ha ido muy bien y no he vuelto nunca, ¿si extraño a mi gente?, a veces he extrañado, creo que sí, pero he tenido tan poco tiempo, todo fue tan rápido, eso sí, cada tanto les he mandado algo de dinero y también les escribí diciéndoles que por qué no se venían un tiempo para acá, pero no, ellos no quieren moverse de allí, tengo dos hermanos menores, con poco se arreglan, no tienen grandes necesidades, en fin, he conseguido una buena posición, soy dueño de una clínica, mis colegas me respetan, tengo cierto prestigio bien ganado, he viajado por el mundo, no, mire, le soy sincero, nada de qué arrepentirme.
Terminó de hablar y miró hacia afuera, el día se presentaba ante sus ojos claro y luminoso, un amanecer quizás. Y la vio otra vez. La casa en la inmensidad. La misma casa de antes. En el patio, un hombre ayudaba a la mujer morena que colgaba la ropa, y a él le pareció que ella cantaba, que era feliz, eso le pareció, muy feliz. La delgada figura de la mujer se le quedó largo rato en la memoria. Trató de entender.
Así que, mire usted, me alegra saber que no tiene motivos de arrepentimiento, me alegra y me extraña, quiero decir que me extraña que entonces usted esté aquí.
El doctor Ledesma le quiso preguntar algo y no tuvo chance. El hombre dejó por fin el mazo de cartas a un costado, inclinó la cabeza hacia la derecha, se recostó contra el asiento y cerró los ojos.
Y así estuvieron viajando durante un tiempo imposible de precisar. El tren parecía flotar, se deslizaba en silencio, con un transcurrir tranquilo por momentos, con algunas ráfagas de velocidad en otros, aunque la mayor parte del tiempo parecía no avanzar. Eso, flotar.
Tal vez él se haya quedado dormido también, puede ser, no lo recuerda, no está seguro, fue un viaje largo, muy largo, lo que sí recuerda es que las caras eran muchas y de gran felicidad en el pobre andén, cuando el tren llegó, que el hombre que mezclaba las cartas ya no estaba en el vagón cuando quiso despedirse, pero sí que allí abajo estaban, y los vio enseguida, sus dos hermanitos vestidos con guardapolvos, listos para ir al colegio esa mañana, la mañana de cuando el tren llegó, la mañana en que vio también a Graciela tan bella, vestida como los domingos, a Luis no lo vio, pero es que había tanta gente allí, todo el pueblo quizás, y también su madre lo esperaba, como siempre cuando volvía tarde de la esquina del almacén, aunque no, esta vez más contenta que nunca, porque lo buscaba con la mirada a él, a su hijo, mi hijo el más grande solía decir, sí, el más grande, que todavía no había bajado, que todavía no los había abrazado, que todavía no se había encaminado hacia el pequeño hospital del lugar, que todavía no había atendido a ninguno de sus amigos ni a ninguno de los hijos de sus amigos, y la madre después de abrazarlo y de llorar en el pobre andén le dijo que no, que ella no había visto bajar a ningún otro allí, que nosotros sabíamos que te ibas a hacer doctor y te ibas a venir enseguida para acá, que tanta falta nos hace, que todo el pueblo está orgulloso de vos, y que tu padre, Eliseo querido, tu padre no ha podido venir a recibirte porque lo hirió anoche un ladrón, pero está bien, no te preocupes, ya lo vas a ver, y mejor va a estar cuando vos vayas y lo cures, ¿qué dijiste?, no, casi nada, apenas un rasguño en el brazo izquierdo, ¿el ladrón?, se resistió y tu padre tuvo que matarlo, ¿sabés?