viernes, 28 de septiembre de 2007

Mandy, o el amor en tijeras



Lo que sigue fue escrito para impresionar a Mandy. Una vez terminado, se lo llevé, pero ella ya no estaba. No estaba.

Todo comenzó una mañana de verano, merecería haber sido seis de enero, es cierto, pero esto es sólo un detalle y yo soy así. Siempre había pasado de largo y ese día entré por primera vez a una de esas peluquerías del centro de la ciudad, quizá seducido por la promoción del pago al contado que anunciaba el cartel en la entrada, y ciertamente el corte resultó efectivo. Lo que terminó en cuotas muy inexorables, abonadas con puntual satisfacción, fue mi entrega total a Mandy, el gran amor que mi existencia apenas presentía.
Yo no sospechaba ni siquiera durante las noches estos salones inmensos donde una multitud brinda esmero a otra que se deja esmerar plácida, confiada. Con andar pausado bajé una escalera intimidatoria, cada peldaño me acurrucaba un rubor y a cada paso yo esperaba escuchar de un momento a otro el consabido, eh, miren, miren, ya se puso colorado. Pero no lo escuché y ya casi a punto de emprender la retirada, una señorita salió a mi encuentro, reteniéndome, apresándome, salvándome la vida. Ella era bastante bonita, como se descuenta deben ser las niñas que cumplen esta atrapante función, mas en su fisonomía asomaba algo extraño e inquietante, no sé, tal vez su sonrisa instalada por el reglamento interno de la casa, o su belleza que pugnaba por esconder el aburrimiento originado en la repetición de los gestos amables, ejecutados hasta el cansancio, día tras día, cada minuto de todas las horas. No sé, la cuestión es que ella me entregó un papel en el que había anotado mi nombre debutante y ahí nomás pasé al recinto donde varios cortadores, chicas y muchachos, ejercían su oficio. Con el tiempo advertí también la presencia de peinadores y manicuras, depiladoras y masajistas, todos ajetreando ese laberíntico panal subterráneo.
Estaba yo allí y durante un buen rato no hice otra cosa que desear estar en otro lado, cualquier lado lejos o aunque sea a la vuelta, o en avión o en barco o caminando pero irme de allí. Hasta que en un momento sentí que algo iba a pasar y me gustó sentir eso, alguna vez tenía que sentirlo. Una vez decidido a no despegar, amenicé la espera escondiéndome detrás de una revista, cuando me di cuenta la enderecé y justo en ese momento, al elevar la mirada para ver si alguien me había visto, la vi. A decir verdad no la vi en forma directa, sino reflejada en un gran espejo que en ese momento de mágico ensueño la mostraba solamente a ella, en todo su esplendor. Luego busqué mi imagen en ese mismo cristal y cuando con dificultad la encontré, lo que reconocí brillando en las pupilas dilatadas por la conmoción no era otra cosa que el amor, así nomás de sencillo. Profundamente sencillo. Entonces tomé una decisión, cambié de lugar, me senté dos sillas más lejos de ella, que se sorprendería ante la inesperada maniobra, pensé, y creo que hasta sonreí.
Una de las chicas se acercó al fin, yo ya había transpirado lo suficiente y tardé unos instantes en reaccionar, muchos instantes a juzgar por lo que recuerdo de la cara de la que se había acercado y preguntado si me atendía, y cuando en algún momento desperté de mi ensoñación, rechacé su propuesta con palabras cordiales, dispuesto a trasnochar el turno con la otra, la diosa, aunque durara mil años la espera. De inmediato mi mente comenzó a elaborar el plan genial para la conquista inevitable. Había observado a los dos que me antecedieron en la atención de la predestinada, ellos se mostraron simpáticos y locuaces, a lo que ella contestaba con sonrisa ampliada por el trato afectuoso. Analicemos la situación, me dije. Mandy, que así resultó llamarse, actuaba de esa manera por el mero hecho de no desairarlos, en una actitud a todas luces profesional, según mi segura deducción. Conmigo las cosas iban a ser muy diferentes y ella aún no lo sabía, pobre.
El camino a recorrer debía ser el opuesto al de los demás, sobre eso no tenía ni dudas, pues mi amor era el único de verdad sincero e incontaminado, enfrentado, eso sí, a los impulsados por la sola atracción de la carne. Ya en esa primera oportunidad, ella se acercó y me dijo por favor, tome asiento aquí, si quiere hago subir el aire. A punto estuve de mirarla y lo hice, me senté, claro, enseguida y donde ella me había indicado y casi sin tropezarme con nada. Luego la ayudé a juntar las cosas que ella en persona se encargó de volver a acomodar en su sitio, y ya con el correr de los minutos me manifesté parco en extremo, apenas las instrucciones mínimas e imprescindibles para el corte deseado. Eso sí, adopté un aire de persona inteligente y preocupada, con ligeros toques de misterio, como desinteresado del entorno, sobre todo de la presencia perturbadora de Mandy, acariciando mis cabellos que parecían evaporarse al influjo de su arte.
El plan maquinado se podría resumir así: actuando yo en forma distinta al resto, plebe buscadora de sexo efímero y sin compromiso, ella no podría dejar de observar la diferencia. No podría. Y entonces yo, fuese a la hora que fuese, minuto más minuto menos, con estilo sobrio y mesurado, despojado de las mezquindades más arraigadas de la masculinidad, la atraparía con mis encantos para llevarla al altar, sin duda alguna.
En esa jornada de sol nació una devoción sin claudicaciones. Del sol me di cuenta al salir después a la calle con mi pelo recién cortado y con mis patillas parejas y con mi paraguas a cuestas, y ya no dejé de frecuentar ese palacio largo y ensortijado donde Mandy reinaba por su hermosura, rodeada de princesas y cortesanos. Muy rodeada, pero eso qué me importaba. Nada.
Con el volar de los días fui reteniendo en la memoria el rostro de los rivales para odiarlos luego a la distancia saboreando mi evidente supremacía. A veces sentía una pena muy honda por ellos, pero yo debía ser fuerte y odiarlos cada día más y más con todo el poder de mi alma enamorada. Había sobre todo cuatro o cinco o tal vez seis que aparentaban ser los más amenazantes, qué rostros tan de identikit tenían los muy numerosos merodeadores, y además yo sabía que por la astucia maliciosa exhibida sin pudores por aquí y por allá, muy bien podrían llegar a engañar a mi amada inocente y virginal, aunque yo confiaba sin reservas en el juicio final de Mandy.
Yo los escuchaba y los veía actuar sin que se me moviera un pelo. Mis enemigos se caracterizaban por imponer cortes sofisticados, antojadizos y ridículos, así como también por las generosas propinas depositadas en las manos de mi agraciada, que las recibía fingiendo mohines de ternura. Por mi parte, nada que ver, amén de la sequedad en el trato, me diferencié de ellos por la sencillez de mis requerimientos, siempre los mismos. Mis monedas, en lugar de recompensa recordaban una limosna, y a veces ni eso. Esto sería determinante para sobresalir entre los adversarios, todos iguales y sin rasgos de distinción, como cortados por la misma tijera.
No todo fue fácil, no hay rosas sin espinas ni espina que no se me clave. A pesar de conocer la verdad de su ferviente admiración hacia mí, no podía dejar de sentir cierta molestia, celos diría tal vez un observador imparcial, mientras ella engañaba a los otros en medio de comentarios y risas y alguna que otra caricia que eran puntazos en mi costado enamorado. Pero la certeza abrigaba mi anhelo, a pesar de las nefastas apariencias, ella era toda mía, sin contras.
En la vigésima octava visita al santuario casi lloro de alegría cuando Mandy me reconoció casi de entrada y dijo, aunque dudando un poco, mi nombre. A continuación preguntó si me cortaría como siempre, uy uy uy, entonces mi corazón estalló en una emoción apenas contenida, mordí los labios empalideciendo; en la exaltación de ese instante supremo casi eché a perder el plan para la conquista llevado a la práctica hasta ese momento con magistral paciencia. La novedad me colmó de euforia y si no salté fue porque no salté y al salir estuve tentado, yo que jamás juego a nada, de apostar a la quiniela al número marcado por ella ese día en mi memoria. De todas formas no hubiera ganado ya que el dinero y el amor van por senderos distintos, esto es cosa sabida y comprobada.
Cierto es que el tiempo transcurría cada 24 horas y los progresos no eran palpables, pero mis pulsaciones certificaban que en el interior encandilado de Mandy se libraba una lucha sin cuartel entre su corazón flechado por tan digno caballero y el recato que las circunstancias imponían. Al final del camino, antes del infarto, acabaría por sucumbir ante mí, entregándose sin condiciones ni reparos ni vergüenza. Sólo una mente extraviada por extraños senderos podría ser capaz de latir diferente.
Si bien el amor profesado a Mandy se asentaba sobre bases sólidas, espirituales en su esencia, debo reconocer ante el mundo que además su físico era apetecible. Muy. Yo no podía ser la excepción y así sustraerme a ese llamado sensual y placentero que emanaba de cada poro de su cuerpo, ay su cuerpo, su cuerpo que brillaba con luz propia en el salón, ya convertido en mi hogar.
La ciudad empuñaba odios y la anhelada posesión no se concretaba y no se concretaba. Por suerte para mis nervios, yo no tenía ningún inconveniente cuando me masturbaba de manera plácida y regular, artesanalmente. Era ir gozando a cuenta de futuros, más fecundos placeres. Aquí aparece de nuevo el asunto de las rosas y las espinas. El único problema era la envidia que esto generaba entre mis compañeros de la oficina, estériles e impotentes de vivir un amor así. No sé cómo lo advertían pero acertaban siempre en las observaciones de mis viajes al rincón del deleite solitario; tal vez algún gesto mínimo traicionaba mi brazo ante sus miradas suspicaces, cuando me paraba. De todas maneras, debo decir algo a favor de ellos: a pesar del comprensible sentimiento de inferioridad, no dudaban en alentarme a viva voz cada vez que me levantaba del escritorio para dirigirme al lugar destinado de común acuerdo para mi uso privado y exclusivo. Eso sí, la hinchada fervorosa trataba, sugiriendo nombres exóticos, de que mi mano se deslizara traicionando a Mandy. Eso jamás, pensaba mientras los dejaba desconcertados, meta gritar y gritar. Nunca lo consiguieron, lo juro, que me corten la mano si miento, y a través de los gritos me mantuve fiel a su imagen venerada. Al regresar a mi puesto solían brotar cálidos y para nada tímidos aplausos entre la concurrencia mientras el jefe inclinaba la cabeza balanceando un no.
Un día, en la peregrinación número ciento cinco, sin prevenir las consecuencias, quise anticipar los acontecimientos. Yo soy así. Esa vez sugerí ligeros cambios en la rutina del corte ya repetido hasta el hartazgo. Esto debió sorprenderla sobremanera, excitándola, prendiendo fuego bajo su uniforme, pero supo contenerse y aceptó las nuevas disposiciones con ánimo sumiso y gentil, respetando mi silencio apenas salpicado de comentarios casuales acerca del clima u otra circunstancia del momento. Una vez, ahora lo recuerdo, quise hablar de los signos y le pregunté de qué signo era. Creo que no me escuchó, tan concentrada en su labor. Los dos sentíamos lo mismo, las palabras sobraban entre nosotros, nos comunicábamos en una esfera superior, más etérea y perdurable. Altísima.
Pero como no era cuestión de quedarme de brazos cruzados, puse en práctica una sutil estratagema. Una tarde, me parece que de primavera, como al descuido dejé caer en la alfombra un papel con el número de teléfono de la oficina y el horario en que me podía encontrar. A partir de ese día me sobresaltaba al sonar la campanilla, el aparato resbalaba por mi mano hasta que otra voz requería una carpeta o se inquietaba por una duda o me reprochaba un atraso o impartía alguna orden. A veces, sólo a veces, algunas carcajadas a mis espaldas me hacían suponer un error. Pero la treta dio sus frutos cuando sonó un viernes a las seis de la tarde y yo estaba en la fotocopiadora, entonces me precipité desarmando en el aire el juego de hojas, atendí y del otro lado sólo hubo prudencia. Yo desaforé el nombre de mis sueños imaginando su rostro y su timidez. Clic. Junté las hojas pensando en ella, las ordené y revisé que no faltara ninguna. Luego fui haciendo con cada una un bollo, y a la basura y a hacer todo de nuevo, de bronca. A los pocos meses lo mismo. Y después creo que ya no llamó nunca más... o a lo mejor yo justo no estaba.
Era un ritual, al promediar el idilio tijeras mediante, una muchacha se acercaba despacito despacito con un café y la pregunta se repetía como una fórmula a la que yo respondía cada vez: “dulce, por favor, sí, sí, muchas gracias”, y entonces la muchacha, no siempre la misma, se distraía mirándonos alternadamente con una sonrisa en los labios y se dedicaba a imponer dulzura cucharada tras cucharada hasta que yo la hacía reaccionar diciéndole, “está bien, ya está bien de azúcar, gracias señorita”, y todo esto ocurría mientras Mandy esbozaba el gesto reprobatorio tan característico en aquél que no desea ser sorprendido en su enamoramiento. Luego la del café se alejaba avergonzada y nuestro silencio era un remanso entre las conversaciones vanas de los de alrededor. Y entonces como desde el fondo de una galería se oían las risitas breves y entrecortadas. Alguna vez, un comentario: “Y Mandy, parece que tenés para largo con el señor”. No había caso, todos en el lugar complotaban para nuestra felicidad.
En una ocasión de triste recuerdo, mientras aguardaba ser seducido por las sabias y mágicas manos, percibí cómo el tono de su voz, tan tenue de común, iba aumentando al calor de una discusión entablada entre ella y el que, ya lo suponía yo desde años atrás, casi desde el principio, resultó ser mi rival más peligroso. Se le notaban con claridad las intenciones mezquinas dibujadas en el rostro plasmado de lujuria; era joven, alto y rubio, los ojos claros y la piel bronceada sobre el cuerpo bien trabajado; en suma, era dueño de una buena pinta el atorrante. Decía que los oí discutir y me levanté casi y estuve a un peine de intervenir, pero un vistazo de la diosa suplicante me retuvo en mi sitio, desgarrado por la bronca y el dolor, con una puntada justo acá. Con seguridad, el desafortunado aprendiz de galán había reaccionado de malos modos al notar el cálido mirar de ella dirigiéndose a mí en su casta entrega. Cuando llegó mi turno, Mandy cumplió con la ceremonia acostumbrada, hipando todavía, conmocionada a raíz de la tremenda prueba soportada por culpa de su callado amor, acaecida delante de colegas extrañados ante la penosa e inesperada escena. Seguramente ellos eran guardianes del secreto albergado en el corazón de la mujer que, con la tijera en las manos dándole todo el poder, me había hecho suyo para siempre, hasta el fin de los tiempos.
Después de un período bastante prolongado durante el cual no me animé siquiera a preguntar por ella, tal era mi temor a perderla, Mandy retomó su habitual puesto de mando, bella como solía serlo, pero algo más pálida y delgada. Le ofrecí, como prueba de la grandeza de mi idolatría, mi discreción de siempre y un racimo de cabellos estirados por el abandono seguramente involuntario al que ella lo había sometido en esos demasiados aciagos días sin caricias. Hasta llegué a pensar esa vez en regalarle un ramo de flores. Faltó muy poco... casi nada... un pétalo.
Mandy permanecía las cuarenta y ocho horas en mi cabeza atormentada, así, con fiebre, sin aspirinas que pudieran aliviarla. Durante el día, mientras la oficina daba vueltas a mi alrededor y yo sumaba algo o restaba otra cosa, la imaginaba sorprendiendo por detrás a mis indefensos oponentes, navaja en mano. Justo la yugular. Ellos veían aterrorizados correr la sangre que brotaba a chorros de la única herida, tan única como definitiva. Mandy encarnaba así a la Justicia, agotada de soportar tanta bajeza en los hombres, acosadores, malignos, hambrientos de placer malsano, eso, los hombres. Y por las noches... ¡ah! ... por las noches su imagen dormía a mi lado luego del amor al que nos habíamos sometido mutuamente complacidos. Era inevitable, sobre todo en los veranos, que los gemidos algo estentóreos llamaran la atención de mi madre; ella por el calor y los suspiros no lograba conciliar el sueño, entonces sucedía que mamá entraba con sigilo a la habitación, traía un té de tilo bien calentito, para calmarme, decía. Daba pena en los veranos, mi madre.
Los meses y los años fueron pasando delante de nosotros como incansables quimeras. Las diferentes estaciones variaron los ardores, pero yo persistía en mi rosado deseo, contra viento y espuma.
Aunque me avergüence, debo confesarlo, ya no me masturbaba con la frecuencia arrolladora de los primeros tiempos; a pesar de ello creí oportuno encarar la ofensiva final. Durante los preparativos, quince días impensables, la privé de mi asistencia. Imaginé su sorpresa y entusiasmo, su interminable sonrisa al ver mi engrosada figura entrar para alzarla al fin entre mis brazos ya no tan fuertes. Después, aunque no mucho después, muchas lágrimas correrían como un río desbordado por sus mejillas, todo su ser presa de la pasión, toda su boca lista para recibir los besos del amante. Era hora de recompensarla por tanta silenciosa renuncia. Sí, era hora. Las ocho de la noche y llovía y hacía frío, afuera. Oscurecían de invierno las calles.
La llovizna me daba de pleno en el rostro surcado de las primeras arrugas, las peores tal vez. Había alquilado un frac, en el negocio dijeron que era lo apropiado para la ocasión. Rememoré en esos instantes previos al gran acontecimiento cada gesto, cada mirada, alguna que otra palabra, toda la etapa más gloriosa de mi vida transcurrida junto a Mandy, que con peine y tijera, entre champúes y lociones, se desarrollaba en mi cerebro carcomido por la decisión bien firme, determinada, definitiva.
Me paré frente al local tantas veces transitado recorriendo el camino al éxtasis, encendí un cigarrillo más largo que el tradicional, aprendí a tragar el humo, aspiré hondo el aroma de esa esquina tan mía, musité una promesa llena de sentimiento y comencé a caminar hacia la virgen mientras una brisa agitaba los pocos cabellos que asomaban tímidos en mi ya indisimulable calvicie.
Saludé a nadie en el atrio, descendí por enésima vez las escaleras, todo igual pero distinto, una música celestial enajenaba mis oídos. Entré al templo con los brazos extendidos, los labios resecos, los pasos temblorosos. La recepcionista, como un ángel, se apartó para admirar mi entrada; tal vez advirtió algo en mí, pues sus ojos parecían brillar. Llegué al altar, casi todo formaba el conjunto habitual, creí ver algunas flores, en un costado, allí, junto a sus tijeras. Quise ocupar mi lugar... y caí de rodillas.
Y lloré largamente. Largamente. Largamente.

2 comentarios:

graciela dijo...

Me gusta tu estilo narrativo porque no es una literatura lineal sino todo lo contrario, tiene profundas hondonadas, mesetas, altas cumbres y hasta oscuros recovecos, más allá de los largos párrafos que personalmente recorro con placer hasta el momento de encontrarme con el abismo de una frase corta y contundente que me sacude y deleita.

graciela dijo...

¡¡¡¡Felicitaciones!!!!, que sigan y multipliquen los éxitos.